" Una civilización literaria no se construye a base de lecturas, sino de relecturas; quizá hasta una civilización a secas.[...]Releer es esa alianza discorde, reencontrar, reconocer y descubrir a la vez; encontrar lo que la lectura anterior o incluso alguna otra lectura no nos había revelado. El libro releído nos ofrece algo que ninguna lectura, por precisa que sea, podía darnos"./Giorgio Manganelli, 1990

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Truman CAPOTE y Paul GAUGUIN en La Martinica



Los  autorretratos de Gauguin  tienen la   acusada  fuerza   plástica  de toda  su obra, y entre ellos los hay   inquietantes, a veces,  tenebrosos, y en alguna ocasión   rozan lo demoníaco.

En  Música para camaleones con  destellante prosa Truman Capote da  una pista que puede explicar, en parte,   por qué son así, reflexionando  sobre  un  espejo negro que perteneció al pintor y, mucho después,   el escritor examina en la  casa que   visita en La Martinica.                                                     

                                                                       ***
En 1885, desde Copenhague, Paul Gauguin  escribía a un  amigo pintor:  
 "Hay tonos nobles y los hay triviales; hay armonías tranquilas y consoladoras y otras que sacuden por su atrevimiento."
Él eligió zarandear al espectador situado frente a su pintura iniciando un modo rompedor de crear imágenes, de pintar, empleando colores planos, saturados en atrevidos contrastes, grandes zonas de colores complementarios y yuxtapuestos a veces enmarcados en líneas oscuras como los esmaltes -cloisonné- ,simplificando  formas con una estilización arriesgada, y renunciando a la perspectiva tradicional y al volumen, deformando voluntariamente los planos...buscando  con energía potenciar   la intensidad plástica ,y olvidando  o transformando,  la imitación . 
Sigue con interés las búsquedas de Cézanne y Van Gogh, los encuadres insólitos de Degas la forma de representación de  las estampas japonesas, de las pinturas egipcias, del arte llamado primitivo conocido en París y en sus viajes... y se sumerge en la pintura aunque también  busca el éxito manteniendo desde la lejanía un ojo atento a lo que se cuece y cotiza en París. 
Cuando en 1902 decide volver a Francia, una carta de Daniel de Monfreid, el pintor y coleccionista francés, le disuade: "tu mito se resentiría con el regreso", y Gauguin espera. A su pesar y aunque pretende ponerse de parte de los indígenas y convertirse en un "buen salvaje", no deja de ser respecto a ellos, de otra manera, un depredador colonial. 
Nieto de la feminista y socialista Flora Tristán, después de haber vivido de niño en Perú y haber estado  unos meses en La Martinica, -la isla del Caribe que continúa hoy siendo parte del Departamento de Ultramar francés- y en otros lugares lejanos y exóticos para un europeo, tras una escandalosa vuelta a París, se instala en Tahití donde muere en 1903 . 
Es un creador poderoso y en sus obras deja diseminados haces de semillas plásticas que influirán en las vanguardias del siglo veinte y en destacados artistas, Picasso , con un olfato especial para encontrar, ("yo no busco encuentro", ) ,entre ellos.

                                                   

El carácter inquietante de los autorretratos de Gauguin hace que Van Gogh le escriba cuando recibe uno en Arlés  que le envía Gauguin en  1888:
[...] Francamente me hace pensar más que en otra cosa en un preso [...]" 
Es habitual que los pintores utilizen un espejo para retratarse. Pero Truman Capote habla de un espejo especial  cuyo interior turbio y oscuro, comprueba  personalmente en el relato, es capaz de  arrastrar  a  profundidades  vertiginosas. 


                               Autorretrato, 1888, ól/lz, 45 x 55. Amsterdam. Enviado a Van Gogh
                             

                            Autorretrato con el Cristo Amarillo, 1889, ól/lz, 38 x 46

                                            Autorretrato, 1889, ól/tb., 80 x 52

                                      Autorretrato con ídolo (det.),1891, ól/lz, 46 x 33
. . .
                                          Autorretrato, 1891, ól/lz, 55 x46







MÚSICA PARA CAMALEONES



"Es alta y esbelta, quizá de setenta años, cabellos plateados, soigne, ni negra ni blanca, el color oro pálido del ron. Es una aristócrata de la Martinica que vive en Fort de France, aunque también tiene un piso en París. Estamos sentados en la terraza de su casa, graciosa y elegante, que parece hecha de encajes de madera: me recuerda a ciertas casas antiguas de Nueva Orleans. Bebemos té de menta con hielo, levemente sazonado de ajenjo.

Tres camaleones verdes corretean por la terraza, uno se detiene a los pies de madame chasqueando su ahorquillada lengua, y ella comenta:
- Camaleones. ¡Qué excepcionales criaturas! La manera en que cambian de color. Rojo.Amarillo. Lima. Rosa. Espliego. ¿Y sabía usted que les gusta mucho la música?
Me contempla con sus bellos ojos negros.
-¿No me cree?

A lo largo de la tarde me ha contado muchas cosas curiosas. Que, por las noches, su jardín se llena de enormes mariposas nocturnas. Que su chófer, un digno personaje que me ha conducido a su casa en un Mercedes verde oscuro, tras haber sido condenado por envenenar a su mujer luego se había fugado de la Isla del Diablo. Y me ha descrito un pueblo en lo alto de las montañas del norte que está enteramente habitado por albinos: "individuos menudos, de ojos rosados, blancos como la tiza. De vez en cuando se ven algunos por las calles de Fort de France".
-Sí, claro que la creo.
Ladea su cabeza plateada
-No, no me cree pero se lo demostraré.

Diciendo esto, entra resueltamente en su fresco salón caribeño, una estancia umbría con ventiladores que giran suavemente en el techo, y se coloca ante un piano bien afinado. Yo sigo sentado en la terraza, pero puedo observarla: una mujer elegante  ya mayor, producto de sangres diversas. Empieza a tocar una sonata de Mozart.

Mozart, Sonata nº 4,K 282, Friedrich Gulda



Finalmente, los camaleones se amontonan: una docena, otra más, verdes la mayoría, algunos escarlata, espliego. Se deslizan por la terraza y entran correteando en el salón: un auditorio sensible, absorto en la música que suena. Y que entonces deja de sonar, pues mi anfitriona se yergue de pronto, golpeando el suelo con el pie, y los camaleones salen disparados como chispas de una estrella en explosión.
Ahora me mira.
-Et maintenant? C'est vrai?
-En efecto. Pero resulta muy extraño.
Sonríe.
-Alors. Toda la isla flota en lo extraño. Esta misma casa está encantada. La habitan muchos fantasmas. Y no en la oscuridad. Algunos aparecen en pleno día, con toda la insolencia que pueda imaginarse. Impertinentes.
-Eso también es corriente en Haití. Allá, los fantasmas se pasean a la luz del día. Una vez vi una horda de fantasmas que trabajaban en el campo, cerca de Petionville. Quitaban insectos de las plantas de café.

Ella lo acepta como un hecho, y continúa:
-Oui, Oui. Los haitianos explotan a sus muertos. Son famosos por eso. Nosotros los abandonamos a sus penas. Y a sus alegrías. Tan vulgares, los haitianos. Tan criollos. Y es imposible bañarse, los tiburones imponen mucho. Y los mosquitos ¡qué tamaño, qué audacia! Aquí, en la Martinica, no tenemos mosquitos. Ni uno.
- Lo he notado; me ha sorprendido.
- Y a nosotros. La Martinica es la única isla del Caribe que no está infestada de mosquitos, y nadie puede explicárselo.
-Quizá se los traguen todos las mariposas nocturnas.
Se ríe.
-O los fantasmas.
-No. Creo que los fantasmas preferirían las mariposas.
-Si, las mariposas nocturnas quizá sean más alimento fantasmal. Si yo fuera un fantasma hambriento, preferiría comer cualquier cosa antes que mosquitos. ¿Quiere usted  más hielo en su vaso? ¿Ajenjo?
-Ajenjo. Es algo que no podemos conseguir en mi país. Ni siquiera en Nueva Orleans.
-Mi abuela paterna era de Nueva Orleans.
-La mía también.
Mientras escancia ajenjo de una destellante botella esmeralda, sugiere:
- Entonces quizá seamos parientes. Su nombre de soltera era Dufont. Alouette Dufont.
-¿Alouette? ¿De veras? Muy bonito. Conozco a dos familias Dufont en Nueva Orleans, pero no estoy emparentado con ninguna de ellas.
-Lástima. Hubiera sido divertido llamarle primo. Alors. Claudine Paulot me  ha dicho que ésta es su primera visita a la Martinica.
-¿Claudine Paulot?
-Claudine y Jacques Paulot. Los conoció la otra noche. en la cena del gobernador.

Me acuerdo: él era un hombre alto y guapo, el primer presidente del Tribunal de Apelación de la Martinica y la Guayana francesa, que comprende la Isla del Diablo.
-Los Pulot. Sí. Tienen ocho hijos. Él es un ferviente partidario de la pena de muerte.
- Ya que parece tan viajero ,¿cómo no ha venido antes por aquí?
- ¿A Martinica? Bueno, sentía cierta desgana. Aquí asesinaron a un buen amigo mío.
Los hermosos ojos de Madame son una pizca menos amables que antes. Hace una lenta declaración:
- El asesinato es un caso raro, aquí. No somos gente violenta. Serios, pero no violentos.
-Serios. Sí. En los restaurantes, en las calles, incluso en las playas, la gente tiene un aspecto bastante severo. Parecen muy preocupados. Como los rusos.
-No debe olvidarse que aquí la esclavitud no fue abolida hasta 1848.
No veo la relación , pero no pregunto, pues ya está explicado.
-Además, Martinica es"trés chére". Una pastilla de jabón comprada en París por cinco francos aquí cuesta el doble. Todo cuesta el doble de lo debido, porque todo es de importación. Si esos revoltosos consiguen lo que quieren y la Martinica se hiciese independiente de Francia, sería el fin. La Martinica  no podría existir sin ayuda económica de Francia. Sencillamente pereceríamos. Alors, algunos tenemos un aire grave. Pero hablando en términos generales, ¿encuentra usted atractivos a los habitantes?
-A las mujeres. He visto a algunas de una belleza asombrosa. Cimbreantes, suaves, de posturas magníficas, arrogantes; con una estructura ósea tan fina como la de los gatos. Además poseen cierta fascinante agresividad.
-Eso es de la sangre senegalesa. Aquí tenemos muchos senegaleses. Pero a los hombres, ¿no los encuentra usted tan atractivos?
-No.
-Estoy de acuerdo. Los hombres no son atractivos. Comparados con nuestras mujeres, resultan insulsos, sin carácter: "vin ordinaire·. Mire usted , la Martinica es una sociedad matriarcal. Cuando eso ocurre, como en la India,por ejemplo, entonces los hombres no son gran cosa. Veo que está mirando mi espejo negro.


Efectivamente. Mis ojos lo consultan aturdidos: se fijan en él contra mi voluntad, como a veces hacen los absurdos destellos de un aparato de televisión mal ajustado. Tiene esa clase de frívolo poder. Por consiguiente, lo describiré con todos sus pormenores; a la manera de esos novelistas franceses de avant-garde, quienes al prescindir de la narración, del personaje, de la estructura, se limitan a párrafos de una página de extensión  donde detallan los contornos de un solo objeto, el mecanismo de un movimiento aislado: un tabique, una blanca pared con una mosca vagando a su través. Así: el objeto de la sala de visitas de madame es un espejo negro. Tiene dieciocho centímetros de alto, por quince de ancho. Está enmarcado en una caja de desgastado cuero negro en forma de libro. De hecho, la caja está abierta encima de una mesa, como si fuera una edición de lujo dispuesta para ser hojeada, pero en ella no hay nada que leer ni ver, salvo el misterio de nuestra propia imagen proyectada por la superficie del espejo negro antes de alejarse hacia sus profundidades insondables, a sus meandros de tiniebla.

- Perteneció a Gauguin -explica ella- . Ya sabe usted, por supuesto que vivió y pintó aquí antes de establecerse entre los polinesios. Este era su espejo negro. Eran artefactos bastante comunes entre artistas del siglo pasado. Van Gogh usó uno. Igual que Renoir.

- No logro entenderlo. ¿Para qué los usaban?
- Para refrescar su visión. Para renovar su reacción al color, las variaciones tonales. Tras una sesión de trabajo, con los ojos fatigados, descansaban mirando al interior de esos espejos oscuros. Igual que en un banquete los gourmets  vuelven a despertarse el paladar entre platos complicados , con un sorbet de citron.- Levanta de mesa el pequeño volumen que contiene el espejo y me lo tiende-. Lo uso a menudo, cuando tengo los ojos cansados de  tomar mucho el sol. Es sedante.

Sedante y también inquietante. La oscuridad, a medida que uno mira dentro de ella, deja de ser negra para convertirse en un extraño azul plateado: el umbral de visiones secretas. Como Alicia, me siento al comienzo de un viaje a través de un  espejo, recorrido que vacilo en emprender.

A lo lejos  oigo su voz  serena,  vaporosa, refinada:
- ¿Así que tenía usted un amigo a quien asesinaron aquí?
-Sí.
-¿Norteamericano?
-Sí. Era un hombre de mucho talento. Músico. Compositor.
-¡Ah! Ya me acuerdo. ¡El hombre que escribía óperas!. Judío. Llevaba bigote.
- Se llamaba Marc Blitzstein.
- Pero eso fue hace mucho tiempo. Por lo menos quince años. O más. Creo que se aloja usted en el hotel nuevo. La Bataille. ¿Qué le parece?
- Muy agradable. Con un poco de alboroto, porque están abriendo un casino. El encargado se llama Sheley Keats. Al principio creí que era una broma, pero resulta que es su nombre auténtico.
-Marcel Proust trabaje en Le Foulard, ese pequeño y excelente restaurante marisquero de Schoelcher, el pueblo de pescadores. Marcel es camarero. ¿Le han decepcionado nuestros restaurantes?
-Sí y no. son mejores que en cualquier otra parte del Caribe, pero demasiado caros.
-Alors. Como he observado, todo es de importación. Ni siquiera cultivamos nuestras propias verduras. Los nativos son demasiado desganados. -Un colibrí penetra en la terraza y, con la mayor naturalidad del mundo, se queda suspendido en el aire-. Pero nuestros mariscos son extraordinarios.
-Sí y no. Jamás he visto unas langostas tan enormes. Absolutas ballenas; criaturas prehistóricas. Pedí una pero era tan insípida como el yeso, y tan dura de masticar que se me cayó un empaste. Es como la fruta de California: espléndida a la vista pero sin gusto.
Sonríe, no de contento:
-Pues le pido disculpas.
Y yo lamento mi crítica , y me doy cuenta de que no me estoy comportando con mucha gracia.
-La semana pasada comí en su hotel. en la terraza que da a la piscina. Me quedé sorprendida.
-¿Por qué?
-Por los bañistas. Las extranjeras reunidas en torno a la piscina sin llevar nada por arriba y muy poco por abajo ¿Está permitido eso en su país? ¿Mujeres que se exhiban prácticamente desnudas?
-No en un lugar tan público como la piscina de un hotel.
-Exactamente. Y  no creo que deba tolerarse aquí. Pero claro, no podemos permitirnos que se incomode a los turistas. ¿Se ha aburrido usted en alguna de nuestras atracciones turísticas?
-Ayer fuimos a ver la casa donde nació la emperatriz Josefina. [...]"       continúa...




Añadido al post, 13.3.13:

  El País, Ironías del arte contemporáneo.Will Gompertz  presenta su libro sobre arte.
"En esta investigación de los creadores hay algunos que salen realmente mal parados. Gauguin, por ejemplo, del que dice que en los mares del Sur era un turista, un exbanquero de París que producía pinturas lascivas para el mercado europeo y tenía un gusto irrefrenable por los voluptuosos cuerpos de las jóvenes tahitianas, a las que contagió la sífilis. "No me gusta como persona, es cierto. En el arte, como todo en la vida, se puede ser un gran creador y una pésima persona. Gauguin no estaría entre mis amigos".



Truman Capote, Música para camaleones, Anagrama                    

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